El crepúsculo de los dioses

Lou Reed dejó este mundo un domingo de principios de otoño, a la venerable edad de 71 años. Simples coordenadas espacio-temporales que nos invitan a aceptar una verdad indigerible: Nuestros héroes se marchan; también los dioses son mortales. No se trata de una exageración, tan típica en el obituario hagiográfico. El tío Lou es, por derecho propio, uno de los tres o cuatro personajes imprescindibles en esto que vino a llamarse Rock and Roll; un icono estético-cultural de la segunda mitad del siglo XX y por supuesto, un creador atemporal, eterno.

Si él no hubiera existido, el rock sería hoy un animal bien distinto. Mucho más triste e insípido, eso seguro. Porque fue Lou Reed quien firmó el acta de defunción del hippismo, a lomos de la Velvet Underground: música del futuro (o de un tiempo aún sin indentificar), bomba sónica que activó la cuenta atrás para el punk, el rock alternativo y todos los sonidos experimentales que verían la luz desde aquel lejano debut del 67, con la banana más famosa de la historia, pidiéndonos que la ‘pelásemos lentamente’.

El laureado poeta del asfalto, que cantó al lado salvaje de la vida: yonkis, travestis, cubos de basura y chutes de heroina, mientras la noche envenena la ciudad. Sí, la ciudad: Nueva York, ¿cuál si no?  Oscura y peligrosa como nunca antes nos la habían contado. Porque gracias a él, pudimos oír la banda sonora de la Gran Manzana; pusimos ritmo al latido de la urbe por excelencia. Nos la trajo envuelta en electricidad, sucia y podrida, pero también romántica y etérea. No era un artista entonando su canción de amor y odio a la ciudad que habita. Sencillamente, Lou Reed es Nueva York.

Sus acordes punzantes como la aguja de una jeringuilla y su imagen de zombie de cuero jalonado de tachuelas, oculto siempre tras unas enormes gafas, tan oscuras como sus versos, marcaron el libro de estilo de buena parte de la escena rockera patria que surgió durante y después de la Transición. Padre espiritual y estético de la llamada ‘Movida’ y figura clave en la trayectoria de nombres como Burning o Loquillo, quienes no dudan en calificarlo como “el artista más influyente en el rock español de los últimos 40 años”.

Todos querían ser Lou Reed: el príncipe de la autodestrucción, con laca de uñas y una chupa resplandeciente, bajo los focos de un escenario. Mil veces imitado, otras tantas dibujado, idealizado y atrapado en los límites de algún fanzine de la época. Algo a lo que también supo sacar provecho el bardo newyorkino: ya que no se molestó en pedir permiso a Nazario para usar una de sus ilustraciones como portada del potente Take No Prisioners. En ella, el dibujante sevillano imaginó una suerte de ciborg andrógino, a medio camino entre el fetichismo sado y la parafernalia rock, reinando entre cubos de basura de un callejón sombrío, que podría ser de Madrid, Nueva York o Barcelona. Pura ensoñación Loureedesca, que parece sacada de algún corte del Transformer.

Se dejó caer a menudo por estas tierras. La última visita, tuvo lugar hace menos de un año, para presentar una exposición de sus fotografías en la capital; allí, siempre huraño y esquivo con los periodistas, aseguró que “la Velvet es el mejor grupo en el mundo”, a lo que añadió que “nadie jamás llegó a acercarse siquiera, ni llegará hacerlo”. Palabras extrañas en alguien que siempre vivió la música y el arte, aferrado tozudamente al presente más inmediato. Pero llenas de lucidez si pensamos en el hombre que, al final del camino, se detiene para echar un último vistazo al viaje de su vida.

Ahora, Lou Reed se ha marchado. Ni la ciudad de las altas torres, ni el Rock and Roll ni nosotros volveremos a ser nunca los mismos. Sólo nos queda dar las gracias, por haber formado parte del mismo universo, al mismo tiempo. Por desgracia, también los dioses son mortales.

Comments
One Response to “El crepúsculo de los dioses”
  1. Juani says:

    Lou Reed, además de poeta urbano, músico ecléctico y personaje genuino fue el catalizador de un cambio social. Larga vida a los Lou Reed por lo que nos dejan tras sus pasos.

    Gran artículo.

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